lunes, 22 de mayo de 2017
Medioambiente

El glifosato que navega el Paraná

Una investigación detectó altos niveles de glifosato en el lecho del río Paraná, similares a los de un campo con soja. Faltan regulaciones para controlar el uso de este pesticida, declarado como cancerígeno por la Organización Mundial de la Salud.

Por Vanina Lombardi

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Agencia TSS – No se puede cultivar soja bajo el agua. Sin embargo, en el fondo del río Paraná, se han detectado niveles de glifosato similares a los de campos destinados al cultivo de esta oleaginosa. “Las concentraciones pueden ser hasta cuatro veces mayores, ya que lo normal es dos miligramos por kilo y hemos detectado valores de hasta ocho miligramos por kilo”, dice Damián Marino, uno de los investigadores que participó en este primer sondeo del pesticida y su principal metabolito, el ácido aminometilfosfónico (AMPA), en el agua y en los sedimentos de la cuenca del río Paraná. Los resultados de la investigación revelan altos niveles de este compuesto, principalmente en las zonas media y baja de la cuenca, que coinciden con la agricultura intensiva que se practica en esas regiones.

El Paraná es el sexto río más largo del mundo. Su cuenca tiene una superficie de 1.500.000 kilómetros cuadrados, en la cual fluye un caudal anual promedio de 17.000 metros cúbicos por segundo, con una carga suspendida de alrededor de 118,7 toneladas. En total, recorre más de 4.000 kilómetros a lo largo de varias provincias del país: Chaco, Santa Fe, Buenos Aires, Misiones, Corrientes y Entre Ríos.

“En 2005 publicamos el primer trabajo de plaguicidas en la zona pampeana y, desde entonces, hemos visto que estos compuestos se movilizan a los ríos y arroyos de la zona. A partir de ese antecedente consideramos relevante hacer un estudio de la cuenca hídrica del Paraná, para ver qué estaba pasando”, destaca Marino, investigador del CONICET en el Centro de Investigaciones del Medio Ambiente (CIMA), de la Facultad de Ciencias Exactas de la Universidad Nacional de La Plata (FCE-UNLP). Para llevar a cabo esta investigación contaron con un financiamiento de un proyecto PIT-AP de la UNLP por $ 90.000, a lo que se sumó el aporte de la Prefectura Naval Argentina, que destinó un barco y personal para recolectar las muestras de agua y sedimentos.

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No existen regulaciones precisas a nivel mundial que indiquen cuáles son los máximos permitidos de glifosato para resguardar la salud humana y ambiental.

 

En el proyecto trabajaron alrededor de 20 profesionales. Entre ellos, los especialistas de Prefectura navegaron por la cuenca durante los años 2011 y 2012. “Fueron años de trabajo sistemático, durante los que hubo que trabajar mucho en los parámetros fisico-químicos de agua y sedimentos, así como analizar y organizar la información desde el punto de vista estadístico. Llevó más de dos años de interacción con los referís internacionales hasta la aprobación del trabajo”, recuerda el especialista.

Dado que las muestras fueron tomadas hace alrededor de cinco años, se podría pensar que hoy dichos valores deberían haber aumentado, acorde al incremento en el uso de pesticidas que, según laDeclaración del Tercer Congreso Nacional de Médicos de Pueblos Fumigados, de la Red Universitaria de Ambiente y Salud, aumentó un 983 % durante los últimos 25 años, de 38 a 370 millones de kilos. El primer cultivo transgénico en la Argentina fue la soja tolerante a glifosato, que se introdujo en 1996. Desde entonces, según el Consejo Argentino para la Información y el Desarrollo de la Biotecnología (ArgenBio), el área con cultivos genéticamente modificados ha crecido en forma sostenida, hasta alcanzar las casi 25 millones de hectáreas el año pasado. Actualmente, casi todos los productores de soja, maíz y algodón en el país usan variedades transgénicas.

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“En 2005 publicamos el primer trabajo de plaguicidas en la zona pampeana y, desde entonces, hemos visto que estos compuestos se movilizan a los ríos y arroyos de la zona”, dice Marino.

 

En busca de un parámetro nunca establecido

“La concentración de glifosato medida en el fondo del Paraná esá en el orden de la que puede haber en un campo de soja, por eso se puede inferir que el nivel es elevado, lo que puede indicar dos cuestiones: o que en los campos hay una concentración mayor o que hay un proceso de acumulación”, explica Marino. Pese al incremento sostenido en el uso de este pesticida, que ha sido declarado como cancerígeno por laOrganización Mundial para la Salud (OMS), no existen regulaciones homologadas a nivel mundial que indiquen cuáles son los máximos permitidos para resguardar la salud humana y ambiental.

Por ejemplo, de acuerdo con el informe Evaluación de la Información científica vinculada al glifosato en su incidencia sobre la salud humana y el ambiente, realizado por el CONICET en el año 2009,  el nivel aceptable de glifosato en agua o en suelo en Estados Unidos es de 0,7 partes por millón (ppm), mientras que en Europa es de apenas 0,0001 ppm (7.000 veces menos). La Argentina, por su parte, fijó el valor en 0,3 ppm, algo similar a Canadá, adonde es de 0,28 ppm.

“Lo que queda en claro es la ausencia de niveles regulatorios, tanto para agua, donde hay guías con recomendaciones pero no una regulación sobre niveles permitidos, como para los sedimentos, donde hay un vacío legal total”, alerta Marino. Y concluye: “Creo que es momento de empezar a discutir qué se hace con estos plaguicidas, que forman parte de un paquete tecnológico productivo, y cómo se puede incluir en este debate al agua de consumo, que es un bien necesario”.

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