lunes, 29 de noviembre de 2021
Editoriales

JULIETA Y LA MANDRÁGORA

Oh, el amor, el amor. Ese del que tanto habla el cine, el teatro y la poesía. Amor adolescente, maduro, apasionado o tímido. Amor que ha inspirado las plumas más bellas de la historia. Culpable de noches de llanto, atracones con helado, finales felices y trágicos destinos. Y si de tragedia se trata, nada como un clásico de todos los tiempos, Romeo y Julieta.

Por Valeria Edelsztein

Todos conocemos más o menos la historia de los jóvenes enamorados de la ciudad de Verona que, pese al enfrentamiento de sus familias, los Montesco y los Capuleto, luchan por su amor imposible y deciden casarse clandestinamente. Palabras más, palabras menos y “Romeo, Romeo, ¿dónde estás que no te veo?” mediante, las cosas no terminan saliendo muy bien que digamos y la bella muchachita decide fingir su muerte al final de la obra tomando un brebaje.

Se supone que este brebaje era un extracto de la raíz de una planta llamada mandrágora, conocida desde hace miles de años y asociada, especialmente en la Edad Media, a magos, brujas, rituales, maleficios y hechizos. Muchos documentos antiguos la describen como una planta que «adormece el primer día y vuelve loco el segundo«.

Es perfectamente comprensible, entonces, que los campesinos medievales le tuvieran terror. Y si a eso le sumamos que sus raíces poseen cierta similitud con la figura humana y la leyenda cuenta que cuando quería arrancársela de la tierra gritaba tanto que podía enloquecer a las personas que estaban cerca… ¡mamita!

 

¿Qué tendrá la mandrágora que a las mujeres las vuelve locas?

Dioscórides, un famoso médico, farmacólogo y botánico de la antigua Grecia, describe en su De materia médica -precursora de todas las farmacopeas modernas- el uso, abuso y preparación de la mandrágora: “…pociones para dormir como el opio o la mandrágora se aplican a aquellos que deben ser cortados o cauterizados. No sienten el dolor porque son superados por un ‘sueño de muertos’… Pero usado en exceso deja a los hombres sin habla”.

Ya lo decía el gran filósofo Ricky Maravilla algo tiene que tener la mandrágora que a las mujeres (y a los hombres) las vuelva locas.

 

Efectivamente, esta planta contiene dos alcaloides: atropina (igual que la belladona) y, en cantidades menores, escopolamina. Ambos actúan como anticolinérgicos bloqueando los efectos de la acetilcolina en el cuerpo. ¿Lo qué? Con calma, vamos por partes.

La acetilcolina es un neurotransmisor que se encarga, entre otras cosas, de estimular las fibras musculares para que se contraigan (es como el cartero que lleva del cerebro a los músculos el mensaje con la orden de contraerse). Si bloqueamos su efecto, básicamente, estamos inhibiendo la transmisión de ciertos impulsos nerviosos (es como frenar al cartero, el mensaje nunca llega). Esto hace que los músculos pierdan su movilidad y sensibilidad habitual. Y ahí aparece el efecto “anestesiante”. Pero como este bloqueo es reversible, después de un tiempo todo vuelve a la normalidad a menos que nos excedamos en la dosis.

 

Si Romeo hubiese sido más paciente

Como es bien sabido, al final de la obra, Romeo encuentra a Julieta bajo los efectos del brebaje y creyéndola muerta, decide suicidarse. Al poco tiempo la muchacha despierta para encontrarse con un cuadro trágico con lo cual, ella decide suicidarse también.

¡Qué diferente hubiera sido todo si tan solo alguien le hubiera avisado a Romeo: “Julieta está sufriendo los efectos de un potente anticolinérgico que bloquea los efectos de la acetilcolina deprimiendo los impulsos de sus terminales nerviosas, ¿¡mirá si va a estar muerta!?”!

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