miércoles, 29 de junio de 2022
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Las películas de la pandemia

A lo largo de casi un año y medio, un grupo de investigación de la Argentina realizó el seguimiento de la salud mental de 832 personas de distintos lugares del país. El estudio, pionero a nivel mundial por el tiempo de desarrollo y las variables estudiadas, mostró que la salud mental de la población siguió cuatro trayectorias. A año del inicio de la pandemia, casi el 10 por ciento de los individuos empezó a deteriorarse psíquicamente de manera incesante.

Por Gabriel Stekolschik

 

 

(Nexciencia) Durante los primeros meses de la pandemia de coronavirus, científicas y científicos de distintas partes del mundo decidieron evaluar los efectos en la salud mental de las medidas de aislamiento llevadas a cabo en todo el planeta.

En aquel tiempo, se publicaron numerosas investigaciones que daban cuenta del aumento en la aparición de síntomas variados: fobias, obsesiones, depresión, hostilidad, ansiedad, problemas de concentración, tristeza, miedo, alteraciones del sueño, entre otros. Eran “fotografías” del estado de la salud mental de poblaciones determinadas en un momento dado.

En algunos países que habían tenido cuarentenas relativamente cortas y flexibles, se sacó una segunda “foto” tres o cuatro meses después de la primera y vieron que, en general, en ese lapso la gente se había recuperado de aquellos síntomas. En la Argentina, en cambio, el aislamiento social se prolongó por más tiempo y fue relativamente más estricto.

El cuestionario incluía decenas de preguntas que podían responderse en una escala graduada de acuerdo con la magnitud percibida por el entrevistado en cuanto a los síntomas, las características de personalidad y los miedos acerca del COVID.

“Nosotros queríamos evaluar si la gente estaba entrando en riesgo de padecer trastornos mentales, o si esos síntomas de salud mental eran transitorios, de ajuste al ambiente, a esta situación novedosa y peligrosa; es decir, si se correspondían con un problema de estrés de adaptación, entendiendo que el estrés promueve la adaptación a circunstancias nuevas y amenazantes”, explica Rodrigo Fernández, investigador del CONICET en el Instituto de Fisiología, Biología Molecular y Neurociencias (IFIBYNE). “Si vos sacás una foto no podés saber si eso es transitorio. Se requiere hacer un estudio longitudinal, es decir, sacar varias fotos a las mismas personas cada cierto lapso”, ilustra.

Fue así que, en colaboración con el Centro de Investigaciones Neurológicas FLENI, invitaron a la gente a sumarse al estudio. Finalmente, incorporaron a 832 voluntarios -varones y mujeres de 18 a 90 años- de diferentes partes del país que, cada tres a cinco meses, completaban un cuestionario online. El estudio comenzó en abril de 2020 y terminó en agosto de 2021.

Los resultados del trabajo científico acaban de publicarse en la revista Scientific Reports.

 

 

Cuatro películas

El seguimiento de esas 832 personas permitió reunir muchísima información. El cuestionario incluía decenas de preguntas que podían responderse en una escala graduada de acuerdo con la magnitud percibida por el entrevistado en cuanto a los síntomas, las características de personalidad, los miedos acerca del COVID y, también, las habilidades desarrolladas para sobrellevar la situación pandémica. Además, se relevaron infinidad de datos socio demográficos, como el estado civil, la ocupación, el tiempo que dedicaba a las noticias sobre la pandemia, si estaba en contacto con otras personas, si consumía tabaco o alcohol, el nivel educativo y socioeconómico, si hacía ejercicios, si estaba incluido en un grupo de riesgo para COVID, entre muchos otros.

El estudio se llevó a cabo en tres pasos. En una primera etapa, el equipo de investigación del IFIBYNE analizó los datos de la población en conjunto. Y encontraron lo mismo que había sido descripto en estudios de otras partes del mundo: que los síntomas de ansiedad y miedo al COVID disminuyeron con el tiempo.

Rodrigo Fernández, investigador del CONICET en el Instituto de Fisiología, Biología Molecular y Neurociencias (IFIBYNE).

 

 

Pero hicieron otro hallazgo: “Los otros estudios se centraban en la ansiedad y el miedo al COVID, que es lógico que se reduzcan una vez que el individuo se adaptó a la nueva situación. Nosotros medimos muchos más síntomas y encontramos que los síntomas de adaptación crónica, como depresión, hostilidad, obsesiones o fobias, tendieron a aumentar con el tiempo”, revela Fernández. “En definitiva, la ansiedad disminuye con el tiempo, pero la habilidad para afrontar la situación también va bajando”, completa.

Un 8 por ciento de los participantes comenzó a deteriorarse incesantemente a partir de marzo de 2021 y siguió declinando en su salud mental cuando finalizó el estudio en agosto de 2021.

Una segunda etapa del análisis de los datos permitió realizar otro hallazgo relevante: a lo largo de esos diecisiete meses, los individuos habían seguido cuatro trayectorias de salud mental diferentes. “Alrededor del 74 por ciento de los participantes mantuvo un nivel de salud mental estable a lo largo del estudio. O sea, la mayoría de la gente fue resiliente, y eso es una buena noticia. Pero el resto de las personas siguió tres trayectorias diferentes”.

Según el investigador, un 11 por ciento de los individuos mostró un empeoramiento de su salud mental en los primeros meses de la pandemia, pero empezó a recuperarse a partir de octubre de 2020. “Lo denominamos grupo de ‘recuperación rápida’”, acota Fernández.

Un 7 por ciento de las personas, en cambio, tuvo una mejora inicial (entre abril y julio de 2020) en los indicadores de salud mental, pero mostró un deterioro en octubre de ese año: “Ese grupo recién se recuperó en agosto de 2021, y lo llamamos de ‘recuperación lenta’”.

Finalmente, un 8 por ciento de los participantes siguieron una trayectoria de salud mental por la cual fueron agrupados como “deteriorados”: “Es un grupo de personas que comenzó a deteriorarse incesantemente a partir de marzo de 2021 y que seguía declinando en su salud mental cuando finalizamos el estudio, en agosto de 2021”.

 

La de final triste

La tercera etapa del análisis de los datos se enfocó en identificar los factores de riesgo que hicieron más probable seguir la trayectoria que llevó al deterioro. Ser joven fue uno de ellos.

“Quienes tuvieron más alteraciones en su funcionamiento y su salud mental fueron las mujeres, sobre todo porque en el hogar suelen ser asignadas al cuidado, entonces el estrés fue doble para ellas”, precisa Fernández.

“En términos de salud mental, los jóvenes se vieron más afectados que los adultos mayores. Esto tiene sentido pensarlo en el marco de las actividades cotidianas que hacen una población y la otra. En algún punto, está más normalizado que los adultos mayores tengan menos actividades y estén más aislados. En cambio, los jóvenes se vieron privados de todas las cosas que normalmente disfrutan y le dan sentido a su vida, o sea, salir con los amigos, ir a un boliche, irse de viaje de egresados, salir con una chica, un chico, esas cosas no las pudieron hacer por mucho tiempo”.

Formar parte del género femenino fue otro factor de riesgo: “Nuestro resultado concuerda con estudios que señalan que quienes más tuvieron alteraciones en su funcionamiento y su salud mental son las mujeres, sobre todo porque en el hogar suelen ser asignadas al cuidado, entonces el estrés fue doble para las mujeres”.

   En términos de salud mental, los jóvenes se vieron más afectados que los adultos mayores.

 

También, haber tenido un diagnóstico previo de algún problema mental fue otro factor de riesgo.

Hubo un factor de la personalidad que también aumentó el riesgo de seguir la trayectoria del deterioro: “Encontramos que las personas con altos niveles de neuroticismo, es decir, individuos que tienen un umbral bajo al estrés y que reaccionan con malestar frente a las amenazas y los peligros, fueron muy propensas a deteriorarse durante la pandemia”.

“En la medida en que se iban relajando las medidas de distanciamiento y comenzaba la vacunación, la salud de la gente comenzó a mejorar, salvo para este grupo deteriorado, que justamente empezó a empeorar”, señala Fernández, y concluye: “Haber identificado este subgrupo, que es casi un 10 por ciento de la muestra, pone en evidencia que las secuelas del COVID y de la pandemia también pueden afectar la salud mental y que probablemente estas personas necesiten atención. Hoy, en el mundo se observa una demanda creciente de tratamiento. No tengo los datos de la Argentina, pero posiblemente ocurra lo mismo”.

El trabajo fue financiado por la Agencia Nacional de Promoción Científica y Tecnológica y FLENI.

 

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